sábado

Santa María, Madre de Dios, consérvame un corazón de niño, puro y cristalino como una fuente. Dame un corazón sencillo que no saboree las tristezas;
un corazón grande para entregarse, tierno en la compasión;
un corazón fiel y generoso que no olvide ningún bien ni guarde rencor por ningún mal.
Fórmame un corazón manso y humilde, amante sin pedir retorno, gozoso al desaparecer en otro corazón ante tu divino Hijo;
un corazón grande e indomable que con ninguna ingratitud se cierre, que con ninguna indiferencia se canse;
un corazón atormentado por la gloria de Jesucristo, herido de su amor, con herida que sólo se cure en el cielo.
Madre querida acógeme en tu regazo, cúbreme con tu manto protector y con ese dulce cariño que nos tienes a tus hijos aleja de mí las trampas del enemigo, e intercede intensamente para impedir que sus astucias me hagan caer. A Ti me confío y en tu intercesión espero.
Amén.
No me desampare tu amparo, no me falte tu piedad, no me olvide tu memoria.
Si tú, Señora, me dejas,
¿quién me sostendrá?
Si tú me olvidas,
¿quién se acordará de mí?
Si tú, que eres Estrella de la mar y guía de los errados, no me alumbras,
¿dónde iré a parar?
No me dejes tentar del enemigo, y si me tentare, no me dejes caer, y si cayere, ayúdame a levantar.
¿Quién te llamó, Señora, que no le oyeses?
¿Quién te pidió, que no le otorgases?

Santísima Señora, Madre de Dios;
tú eres la más pura de alma y cuerpo, que vives más allá de toda pureza, de toda castidad, de toda virginidad;
la única morada de toda la gracia del Espíritu Santo;
que sobrepasas incomparablemente a las potencias espirituales en pureza, en santidad de alma y cuerpo; mírame culpable, impuro, manchado en el alma y en el cuerpo por los vicios de mi vida impura y llena de pecado;
purifica mi espíritu de sus pasiones;
santifica y encamina mis pensamientos errantes y ciegos;
regula y dirige mis sentidos;
líbrame de la detestable e infame tiranía de las inclinaciones y pasiones impuras;
anula en mí el imperio de mi pecado;
da la sabiduría y el discernimiento a mi espíritu en tinieblas, miserable, para que me corrija de mis faltas y de mis caídas, y así, libre de las tinieblas del pecado, sea hallado digno de glorificarte, de cantarte libremente, verdadera madre de la verdadera Luz, Cristo Dios nuestro.
Pues sólo con Él y por Él eres bendita y glorificada por toda criatura, invisible y visible, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.
Amén.
Madre, no me desampares.
Madre, ruega por mi.
Amén, Así sea, Amén.

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